Historia Convento Capuchinas

EL CONVENTO DE SAN JOSÉ DE GRACIA

DE POBRES CAPUCHINAS DE QUERÉTARO,

SEDE DEL MUSEO DE LA CIUDAD

Por: Arq. Jaime Vega Martínez

Antecedentes Históricos

Las monjas capuchinas.

Las monjas capuchinas surgen de una rama de las Pobres Clarisas de la Primitiva Observancia; su fundación se realiza en Nápoles en 1538 por la venerable María Laurentia Longo (1463-1542), quien curada de una grave enfermedad, abrazó la regla de las religiosas terciarias de San Francisco. En 1530 estableció un convento en la misma ciudad de Nápoles, dirigido por los padres tetianos, a quienes posteriormente sustituyen los padres capuchinos, que aconsejaron a las religiosas dejar la regla de la Tercera Orden y tomar la de las Clarisas de la Primitiva Observancia, que después enriquecieron con constituciones básicas de los capuchinos; desde entonces se llamaron capuchinas y tomaron el hábito de estos. Su modo de vida era de lo más austero, vivían en la más rígida pobreza, se alimentaban de pan, agua y verduras, y vestían un sayal negruzco con cinto de cuerda, capucha y sandalias. La Orden fue aprobada por el Papa Clemente VIII en el año de 1600.[1]

Su Llegada a la Nueva España y la fundación de Querétaro.

La Orden de monjas Capuchinas arriba a México el año de 1665, fundando en la capital del virreinato su primer convento; posteriormente se funda el de Guadalajara y Puebla, correspondeindole a Querétaro ser la cuarta fundación el año de 1718[2]. La Orden de monjas Capuchinas regía su vida al rededor del coro, ya que comenzaban el día a las cuatro de la mañana, cuando al son de matracas se levantaban para acudir al coro, donde recibían la bendición de la prelada, daban gracias y a las cuatro y media decían la prima, y la tercia, se descendía luego al Coro bajo a hacer meditación de un punto que se proponía; ahí permanecían para oír misa, y acabada esta, se rezaban la sexta y la nona y luego salían a tomar colación y a la sala de labor. Las vísperas se rezaban a las dos, y las completas a las cinco, estando en oración hasta las seis. Volvían al convento a comer y otra vez al Coro, hasta las ocho, en que se iban a dormir para retornar a las once, también con matracas, a rezar los maitines y laudes[3].

El establecimiento de esta rama religiosa en nuestra ciudad obedece a la voluntad del gran benefactor de Querétaro don Juan Caballero y Ocio, quien comienza en los primeros años del siglo XVII los tramites para la fundación del convento, cosa que no ve realizada pues fallece el año de 1707, sin embargo, en sus disposiciones testamentarias deja ordenada dicha erección, además de un legado de 42 000 pesos. Su albacea el doctor don José de Torres Vergara continua los trámites obteniendo la aprobación de el Papa Clemente XI el 10 de marzo de dicho año.

Las fundadoras de Querétaro provenían del convento de San Felipe de Jesús de México. Resulta interesante conocer los pormenores de la elección y arribo de las capuchinas pioneras, por lo que nos remitimos a las crónicas de la época.

“La elección se llevó a cabo en el convento de San Felipe de Jesús, y fueron elegidas en Capítulo y por voto secreto. Una vez seleccionadas las seis candidatas, el día 31 de julio de 1721 a las tres de la tarde se presentó en la puerta del austero convento de México el Arzobispo don José de Lanciego y Eguilaz acompañado por los doctores don José de Torres y Vergara, maestrescuela de la catedral y cancelario de la universidad, y don Lucas de Verdaguer, designados comisionarios diputados para la conducta y transporte de las religiosas electas por fundadoras. Poco después llegó el marques de Valero, virrey, gobernador y capitán general de esta Nueva España y presidente de la Real Audiencia, acompañado de su infantería y nobilísima ciudad, con su corregidor, alguacil mayor y regidores de su ayuntamiento, el cual después de saludar a las monjas se retiró.

El pueblo se arremolinaba frente a la portería y calles adyacentes. El Arzobispo penetra a la clausura y allí fue nombrando a cada una de las fundadoras y poniéndolas en manos de las damas a quienes confiaba su conducción. A la famosa poetisa doña Francisca de Orozco, condesa de Miravalle, le entrego a sor Nicolasa Gertrudis y a sor Oliva Cayetana. Esta ultima era mujer ampliamente conocida en la sociedad virreinal tanto por haber sido miembro prominente de ella, casada y viuda dos veces, así como por haber dejado su inmensa fortuna, calculada en más de un millón de pesos -de entonces- para vivir la pobreza total de las franciscanas.

A doña Inés Ortíz, mujer del secretario de estado, le confió a sor Catarina Bárbara y a sor Josefa María; y a doña Micaela Muñoz Sandoval, mujer de don José Joaquín Uribe, caballero del Orden de Santiago, del consejo de su majestad y oidor más antiguo, le entregó a la abadesa sor Marcela de Estrada, esa que pocos años después, en 1728, moriría en Querétaro con fama de santa y cuyas virtudes publicaría el periódico de entonces, la Gaceta de México. Se le encargó también a sor Jacinta María que iba como maestra de novicias y a la hermana lega sor Petra Francisca.

Salieron las monjas con los velos sobre los rostros, la hermana lega portando públicamente en alto el hermoso Cristo de marfil que las primeras capuchinas habían traído de Toledo y que ahora se obsequiaba como rica presea al convento queretano. Entraron a los coches de las damas y el grupo se puso en marcha. Al punto, las campanas de todas las iglesias de la ciudad de México, avisadas por la mayor de la Catedral, empezaron a repicar y la gente aplaudía enternecida y edificada al paso de aquel cortejo. Al frente iba la estufa del arzobispo, al centro los coches de las monjas y en la retaguardia la caballería de esta novísima ciudad.

A las cinco de la tarde llegaron al Santuario de la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, en cuyo presbiterio las estaba esperando dicho señor virrey y nobilísima ciudad.

Estando ya todos de rodillas mandó el arzobispo abrir la vidriera que tiene ante su venerada imagen, para que con más amplitud gozasen de su presencia y habiendo todos los circunstantes arrodillándose y hecho oración se cerro la dicha vidriera. Luego el virrey y el arzobispo acompañaron a monjas y damas a la casa de novenas u hospedería, allí ambas autoridades se despidieron de ellas, dejándolas al cuidado del doctor José de Torres Vergara y del doctor Lucas Verdaguer.

El 8 de agosto llegaron a Querétaro donde tras breve descanso en el convento de Santa Clara, fueron llevadas en solemne procesión a su nuevo convento. El cura de la parroquia de Santiago llevaba al Santísimo; acompañándolo iba el clero secular con sobrepellices y bonetes; el regular, los seglares, mayordomos y diputados de las cofradías, portando sus insignias, estandartes y luces. Y la Congregación de sacerdotes de Nuestra Señora de Guadalupe, seguida del ilustre y leal cabildo, justicia y regimiento de la ciudad, con toda la nobleza de ella. Estaban las calles bien colgadas y adornadas y las campanas de todos los conventos repicaban en señal de regocijo. Pronto se anduvo el corto trayecto que hay entre Santa Clara y San José de Gracia. Allí, el doctor don José Torres y Vergara abrió la puerta, hizo entrar a las monjas y entrego las llaves a la abadesa quien habiéndolas recibido dio golpe a la puerta y quedaron en clausura dichas religiosas[4].

Cabe destacar que entre el grupo que custodiaba a las religiosas venía el marqués de la Villa del Villar del Águila, junto con su esposa, quienes sufragaron los gastos del viaje. Dicho Marques desempeñará posteriormente un papel importantísimo en nuestra ciudad, al dotarla de agua potable mediante la construcción del monumental acueducto; por lo pronto, nuestro personaje figura como el padrino de las dos primeras novicias de la reciente fundación: sor María Josefa y sor María Micaela (en el siglo Francisca de Moctezuma y Guerrero y Juana Manuela de Lara), que tomaron el hábito el día 31 de agosto de 1721, ida en que se dedicó la iglesia.

La fabrica material del convento era muy buena y cómoda, en la construcción participó nuestro genial Ignacio Mariano de las Casas, quien con fecha de 22 de abril de 1758 reconoce el empeño que pone en la  dirección de las obras de la nueva enfermería de Capuchinas[5]. También, se asocia a esta obra el nombre del bachiller José de Torres Vergara, quién diseñó el edificio, despreocupándose de la simetría y la regularidad; sus espacios son reducidos, pero no escatima en las arcadas y volutas[6].

La iglesia, aunque de regular tamaño, estaba decentemente adornada. En el coro bajo se veneraban dos imágenes de Jesucristo muy particulares: la una es la del Ecce Hommo de bulto, de estatura regular y la otra un crucifijo de marfil de cosa de una tercia de alto, muy bien trabajado, ambas imágenes las trajeron de Toledo las fundadoras y las donaron al convento de Querétaro.

La Vida Conventual.

Como ya se ha dicho, las monjas Capuchinas vivían en la más absoluta pobreza, ya que sus constituciones les prohiben poseer bienes raíces, manteniéndose únicamente de la caridad pública. Además, dentro del convento todas las áreas eran comunes, no existían celdas particulares y todo convergía a los claustros o a la huerta. A su estricta regla, se añade que la comunidad se regía al toque de la campana para los ejercicios espirituales, así tenemos que:

“en los conventos de religiosos y monasterios de monjas, a las dos de la tarde se daban nueve campanadas pausadas y nueve seguidas y a continuación las esquilas echando pino. Este era el toque de vísperas y completas.

En las Teresas y Capuchinas, al peso de la noche se oían las esquilas, y en la Cruz la campana mayor. Este era el toque de maitines”[7]. Siendo el Coro el lugar donde pasaban el mayor numero de horas, lógicamente era también en sitio en que se extasiaban, tenían visiones, revelaciones y raptos místicos. Del Coro de Capuchinas de Querétaro, encontramos la crónica que nos narra el suceso acaecido a la hermana María Petra de la Trinidad:

“Un día de la octava de Corpus, le concedió la abadesa que desde la reja del Coro alto viese expuesto en el altar al Divinísimo Sacramento y al instante se salió de sí, quedando tan fuertemente asida a la reja que fue imposible quitarla, desde la una a las seis de la tarde”[8].

La austeridad conventual, no era limitante para que se agregaran a la comunidad doncellas de las nobles familias queretanas, entre las que figuran las hermanas sor Oliva Sacramento y sor Inés (en el siglo Dolores y Mariana Samaniego) hijas de don Manuel de Samaniego y doña Catalina Canal; estas profesiones dieron origen a la publicación de dos opúsculos intitulados:

Sermón en la toma de hábito de Doña Mariana Samaniego y Canal, dijo en la Santa Iglesia de las muy R.R. M.M. Capuchinas de la ciudad de Santiago de Querétaro, el R.P. ex-Definidor y Guardián Fr. Antonio Moncada.- México – Imprenta de Luis Abadiano y Valdéz. Calle de las Escalerillas num. 13. -1846.-

Sermón que en la Iglesia de religiosas capuchinas de la Ciudad de Querétaro predicó el R.P. Fr. Francisco Padilla, predicador general de Jure, Capellán de monjas de Santa Clara, y Comisario Visitador del Venerable Orden Tercero de nuestro Seráfico Padre San Francisco, la tarde del 16 de abril de 1837. en que tomó el hábito de novicia Da. María Dolores Samaniego y Canal. -México.- Imprenta de Luis Aladiano y Valdés, á cargo de J.M. Gallegos, calle de las Escalerillas número 13. -1838.[9].

Como todo convento de monjas novohispano, ni vivas ni muertas volvían al mundo, por lo que dentro existían las sepulturas, las que generalmente se localizaban en el coro bajo del edificio; en este convento no queda vestigio de ellas.

Las virtudes de algunas religiosas fallecidas quedaron plasmados en varios opúsculos fúnebres; algunos de los que se tiene noticia, son los siguientes:

Gloriosa Exaltacion, de Mystica piedra maravillosa. Sermon funebre, que en las honras de la R. M. sor Maria Petra Trinidad, Religiosa Layca del Convento de Señor San Joseph de Gracia y Pobres Capuchinas de la Ciudad de Santiago de Querétaro, Predicó el día 19 de Febrero del año de 1762. D. Joseph Ignacio de Cabrera, Bachiller en Sagrada Theologia, Penitenciario que fué en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, Limosnero mayor y confesor de dichas Reverendas Madres. Quien lo dedica al Gloriosissimo Patriarcha Sr. San Joseph. Sale a lus a expensas del Sr. D. Joseph de Escandon, Caballero de la Orden de Santiago, Coronel de el Regimiento Miliciano de la Ciudad de Querétaro, Conde la Sierra Gorda, y su Theniente General, Lugar Theniente de el Excmó. Señor Vi-Rey en la Costa de el Seno Mexicano, &c. Y padrino de abito de dicha Difunta.- México.- Imprenta de la Biblioteca Mexicana, junto a las R.R. M.M. Capuchinas.- 1762.

Mystica Piedra Cuadrada Fundamental del explendor edificio, del Religiossisimo Convento de Señor San Joseph de Gracia de Religiosas Capuchinas de la Ciudad de Querétaro: La Venerable Madre Sor Petra Francisca María. Sermon funeral, que en sus honras, a expensas del Señor D. Juan Antonio de Urrutia, Arana y Guerrero, Marqués del Villar de la Aguila, Caballero del Orden de Alcantara, celebró dicho convento, el día 19 de agosto de 1737. Predicó el P. Fr. Manuel de las Heras, Lector de prima de Theologia, y Regente de Estudios en el Convento Grande de dicha Ciudad, Comissario del Santo Oficio, y del V. Orden Tercero de la penitencia de N. P. S. Francisco. Sacalo a luz el mesmo Señor Marqués, quién afectuosamente lo dedica al pasmo de la penitencia San Pedro de Alcantara.- México.- Por Joseph Bernardo de Hogal.- 1738.

Vuelos de la paloma. Oracion funebre en las honras, que celebro el religiosisimo convento de S. Joseph de Gracia de Señoras pobres Capuchinas de la Ciudad de Santiago de Queretaro. A su M.R.M. Abadesa Fundadora Sor Marcela de Estrada, y Escobedo, el 14. de mayo de este año de 1728. Que predico el Br., D. Juan Antonio Rodriguez, Confesor, Director, y Capellan de dicho Monasterio. Y dedica a su soberano Patron, y Titular el Sor S. Jospeh: La Venerable Congregacion de Nra. Sra. de Guadalupe en nombre del Señor Don Juan Antonio de Urrutia, Cavallero del Orden de Alcantara, Marques del Villar de la Aguila. -México.- Imprenta Real del Superior Govierno de los Herederos de la Viuda de Miguel de Rivera y Calderon, en el Empredradillo. -1731.

Declamacion honoraria que en la funebre parentacion de la M. R. M. Sor Oliva Cayetana Maria, Religiosa Capuchina, se celebró en el religiosissimo Convento de Señoras Capuchinas de esta Ciudad de Queretaro, el dia veinte, y uno de mayo, del año de 1742. Dijola el R.P. Fr. Juan de Subia, Predicador general Jubilado, y actual Predicador Mayor del Convento Grande de Nuestro Padre San Francisco de dicha Ciudad. Sacala a luz a sus expensas el Sr. D. Juan Antonio Guerrero y Davila, Urrutia, y Arana, Caballero del Orden de Alcantara, y Marques del Villar de la Aguila, quien la dedica al Santissimo Patriarca Señor Joseph. -México. -Por la Viuda de Joseph Bernardo del Hogal, Impressora del Real Apostolico Tribunal de la Santa Cruzada. -1743[10].

Por los libros conventuales se sabe que en los 242 años que floreció el convento, profesaron 133 religiosas. La última toma de hábito fue el 12 de febrero de 1852; ingresado al noviciado, desde su fundación, 147 novicias, de las que 11 no profesaron y 3 murieron en el noviciado. Un dato curioso se lee en el Libro de Defunciones; nos hace saber que de 98 decesos de los que da nota, solo una de las monjas era menor de 40 años, pues la generalidad es de cincuenta para arriba, llegando una a expirar a los ochenta y nueve años de vida[11].

La iglesia y el convento se fueron mejorando y enriqueciendo, así tenemos que en el año de 1800, el día primero de diciembre, se estrenó el órgano de la iglesia, siendo abadesa la M. sor María Micaela Araujo y síndico del convento el señor D. Antonio Jáuregui y Villanueva[12]. Una gloria para este Convento, es haber sido el antecesor del convento de Salvatierra, ya que de esta casa salieron las fundadoras al naciente convento guanajuatense, el 11 de junio de 1798, siendo las elegidas sor María Josefina Josefa, sor María Rosalía y sor Francisca[13].

En la exclaustriación, producto de las Leyes de Reforma, realizada en mayo de 1863, fueron arrojadas las moradoras de su convento por la fuerza, saliendo por la puertecita que cae a la calle del Placer (hoy Hidalgo), frente al antiguo Obispado[14]. Esta exclaustración duro poco tiempo, ya que la comunidad retorno durante el gobierno de Maximiliano, saliendo del inmueble definitivamente al triunfo de la República.

Los últimos días de Maximiliano transcurren en este convento.

Al triunfo del Ejercito Republicano, el 15 de mayo de 1867, hechos prisioneros los Imperialistas, se habilitaron varios conventos como cuarteles y cárceles, tocando a Maximiliano, Miramón y Mejía primeramente estar en el convento de la Cruz, posteriormente en el de Teresitas, y a partir del día 22 de mayo y hasta el día de su ejecución, en el convento de Capuchinas. El doctor de cabecera del Emperador, Samuel Bash, nos narra estos acontecimientos, de los que entresacamos los siguientes relatos:

“…A las tres de la tarde [de mayo 22 de 1867] habíamos de ser trasladados a otro convento, al que fue de las Capuchinas; pero la traslación no tuvo lugar sino hasta las cinco y media, y eso únicamente respecto al Emperador, de los generales y del príncipe Salm. Los demás, todavía hemos de permanecer aquí; [en el convento de las Teresas] nos prometen, sin embargo, que pronto no llevarán. Las horas se hacen interminables; por fin, a eso de las ocho se presenta un oficial con la anhelada orden de que se nos conduzca inmediatamente al lado del Emperador.

El primero a quien encuentro al llegar al convento de Capuchinas, es a Salm. “¿Dónde está el Emperador?” le pregunto en el acto, -”El Emperador está en un sepulcro.”

Salm, al notar mi terror, cuando oía tales palabras, añade: “No tenga usted cuidado, vive, pero no es menos cierto que está en un sepulcro, Venga V. a verle.”

Abro la puerta, y me da en cara un olor frío de tierra húmeda. En un vasto pórtico, depósito de los cadáveres del convento, hay en un rincón un catre, con una mesita al lado, sobre la cual arde una luz. En el catre está el Emperador, leyendo la Historia universal de Cesar Cantú.

“No han tenido tiempo de prepararme una cámara, dice el Emperador sonriendo; y entre tanto, han empezado a hacerme dormir con los muertos.”

La verdad es que en esta ocasión se excedieron a si mismos, con la barbarie de haber colocado en la fosa de los muertos a un príncipe sobre cuya cabeza está suspendida una sentencia de muerte. Esto es peor que la inquisición, es una tortura refinada con apariencias de civilización.

Paso la noche solo, al lado del Emperador, durmiendo en una ancha mesa que, según parece, servía para poner encima los cadáveres. Junto a mí hay un féretro; pero después de todas las angustias que en el día pasé, creo que ni los muertos me impedirán dormir.

MAYO 23

El Emperador no ha pasado mala noche. Sale hoy de su tumba para ir a habitar un cuarto pequeño, obscuro y mudo, el cual, lo mismo que las celdas que nos han señalado, cae a un patiecito, que como no tiene más que dos puertas la vigilancia es más fácil; a pesar de todo, nuestras celdas, lo mismo que la del Emperador, son verdaderos calabozos; algo las ensancha el patio durante el día.

A la cinco de la tarde separan de nosotros al Emperador, y lo trasladan al piso alto del convento, con Miramón y Mejía. Gracias a la mediación del vicecónsul de Hamburgo, Bahnsen, logro que me trasladen a mí también en calidad de médico del Emperador.

La [celda del Emperador] es un cuartucho obscuro, con una puerta y una ventana, o para hablar con más propiedad, un cuadrado abierto en la pared, sin vidriera ni persianas. El Emperador ha mandado poner delante de aquel agujero un sarape, para no estar expuesto todo el día a las miradas de los soldados de la guardia. El mueblaje es el mismo de siempre, aumentado con una mesa.

MAYO 25

En el cuarto del Emperador está una corona de espinas colgada de un clavo. Me la señala, diciéndome: “Nadie puede oponerse a que yo pretenda ésta. Si llego a salir de aquí, me la llevaré a Europa como recuerdo[15].

Protagonista también de estos hechos, la señora Concepción Lombardo, esposa del general Miramón, nos da otros datos de este convento, así sabemos que:

al triunfo republicano se abrieron las puertas de este recinto, convirtiéndose el edificio en prisión del Estado.

Se entraba al convento por una gran puerta que conducía a un corredor, al fin de éste se llegaba a una ancha escalera, por la cual se subía al primer piso; en este piso estaba el claustro con las celdas de las monjas, que conservaban escritos sobre sus puertas los nombres de cada celda. Del lado izquierdo del claustro, no había más que tres celdas, la primera, llamada de Santa Teresa, la ocupaba el Emperador Maximiliano, la segunda, que tenía el nombre de Santa Rosa, la ocupaba mi esposo, y la tercera, que estaba al fondo del claustro, que se llamaba de las Once Mil Vírgenes, la ocupaba el general Mejía. El interior de las celdas no podía ser más modesto, sus paredes blanqueadas, y el ajuar se componía de un catre, una mesa de pino en blanco, tres sillas y un aguamanil en forma de aro”[16].

En cuanto al nombre que conservaban las celdas, existe discrepancia, ya que en el Sitio de Querétaro, leemos que la celdas tenían los nombres de Santa Rita de Casia, Santa Ursula y Santa Teresa[17].

Pronto transcurrieron los días, llegando así el 19 de junio, fecha de la ejecución de los tres reos, los cuales salieron de este convento hacia el patíbulo del Cerro de las Campanas al despuntar la aurora. Efectuada la sentencia, el mismo doctor Bash nos informa que:

en la mañana del 19, los doctores Licea y Rivadeneira comenzaron la operación del embalsamamiento, la cual se practicó en la iglesia de las Capuchinas y duró unos ocho días[18]. Otro testigo de los hechos nos informa que los cadáveres fueron depositados en las losas de una sala baja[19]. El amparo de la orden de capuchinos continúo para Maximiliano, ya que si en el convento de Querétaro pasó sus últimas horas, en el convento de monjes capuchinos de Viena reposan sus restos[20].

Terminados estos aciagos acontecimientos, el vetusto edificio de las Capuchinas se convirtió en punto obligado a visitar en Querétaro, por lo que algunos de sus muros pronto comenzaron a lucir leyendas alusivas en pro y en contra de la Intervención. Así mismo, el edificio continúo convertido en cuartel: albergó el regimiento de “Tiradores de Querétaro” y a los “Rurales del Estado” y no es sino hasta finales del siglo XIX cuando diversifica su uso; una parte la adquiere un particular -el señor Francisco R. Gallegos-, quien levanta una moderna casa dentro de la cual quedan las piezas que sirvieron de prisión a Maximiliano, Miramón y Mejía, (hoy sede se la Secretaría de Salud); otra fracción, se habilita como colegio de niñas, llamado “Del Verbo” y “Guadalupano”, que sirvieron como  hospital de pobres durante la epidemia de 1892[21].

Después de la revolución el edificio continuó únicamente como cuartel, terminando de serlo al final de la primera década de nuestro siglo, en que albergó varias oficinas, entre ellas las de un partido político, y no es sino hasta el año de 1995 en que se rescata para convertirlo en Museo de la Ciudad.

En cuanto al templo, este se recupera y se abre al culto católico por la década de los setentas del pasado siglo, fecha en que es remozado el órgano tubular del coro alto, labor realizada por Vicente Zenil el año de 1875, siendo encargado del templo el padre Camilo Aguillón[22]. Ya en nuestro siglo, el 8 de diciembre  de 1903 se estrenó el piso, el cual se fabricó de granito vaciado in situs y luego pulido, obra realizada por el ingeniero Salvador Alvarez[23]. El encargado del templo era el presbítero Juan B. Bustos.

También, en los albores de nuestro siglo, se convirtió la parte del mutilado coro bajo que quedó hacia la iglesia, en la capilla de la Virgen de Lourdes, advocación que fue entronizada el año de 1900, según inscripciones que nos describe don Valentín Frías:

Se dedicó esta Capilla

a Ntra. Sra. de Lourdes

en 8 de Febrero de 1900.

La congregación de Nuestra

Señora de Lourdes se fundó

Canónicamente el 31 de marzo

de 1900.

Nuevamente decorada

Mayo de 1913[24].

Tesoros que conserva el conjunto de las Capuchinas.

Como ya se ha dicho, el convento sirvió muchos años de cuartel, por lo que sus bienes muebles fueron completamente arrasados, incluidas las rejas de sus coros, que a no dudar debieron ser obras de arte de la herrería queretana; sin embargo, en la iglesia se conservan algunos tesoros -pinturas y esculturas- dignos de mención: destaca la serie de nueve óvalos con escenas de la Virgen María, dicha serie se encuentra a considerable altura, lo que ha permitido su preservación, ellos son: Nacimiento de la Virgen, Presentación en el Templo, Desposorios, Virgen del Apocalipsis, Huida a Egipto, Adoración de los Reyes, Circuncisión de Jesús, Adoración de los Pastores y la Anunciación. Todas estas obras son de muy buena calidad, con toda seguridad fueron ejecutadas en la segunda mitad del siglo XVIII.

Del maestro Pedro José Noriega, artista que floreció en Querétaro en la primera mitad del siglo XVIII, se tiene un lienzo de la Santísima Trinidad, obra con la que se aumenta el catálogo de este pintor.

Aquí mismo, un cuadro de excelente factura de la Virgen de Guadalupe, ajustado al portentoso original, firmado por José de Alcibar en 1801.

En la pequeña sacristía se encuentra un bello y monumental “Calvario”, firmado por Miguel Vallejo y Mandujano, pincel queretano que floreció en la segunda mitad del siglo XVIII (1760-1770).

En este mismo lugar, una buena pintura de san Juan Nepomuceno, derivada de la escuela cabreriana[25].

En cuanto a escultura, se conserva un Misterio, en madera estofada y policromada, tallas  que datan del siglo XVIII.

Descripción arquitectónica del templo.

Como ya se apuntó, el interior del templo no poseyó elementos de valor, sin embargo el exterior del mismo es imponente: elevados y macizos muros sostenidos por enormes contrafuertes; sus portadas transversales, de traza clasicista a base de dos pilastras corintias con un cornisamento jónico y friso con metopas y estrías.

El segundo cuerpo es un pequeño zócalo que soporta dos pináculos con remate de bulboso, y en medio tiene una gran cartela con marco lizo que quizás albergó los escudos de la Orden.

Las ventanas que rematan estas portadas, son dos grandes ojos de buey, con perfil mixtilíneo. Los estribos de la iglesia tienen remates de tipo de pináculos bulbosos, como los de la iglesia de Santa Rosa.

La fachada del convento es clasicista y está enmarcada en pilastras corintias terminadas en un frontón roto con una cruz como remate.        El campanario años hace que fue demolido, conservándose únicamente su basamento circundado en las alturas por un barandal de fierro que brindaba protección al centinela de guardia al realizar su ronda. Dos escalones de cantera nos condicen a una explanada que da acceso al templo; estuvo plantada de verde arboleda, la cual fue talada[26].            El lugar de las campanas fue sustituido por una espadaña de tres vanos, de fabricación más reciente, que alberga a las campanas que conservan las inscripciones:

“1836. Cayetano. Dedicada Cayetano S. A.”; “Dolores. Marzo de 1931. Pbro. Rafael Herrera” y Diciembre 2 de 1897. La Purísima Concepción”[27]

Leyendas que nacieron entre los muros de este convento.

Una de las primeras leyendas, atribuidas a lenguas vituperias, es la de que el señor Marqués de la Villa del Villar se prendó de los encantos de una monja, por lo cual le dijo que pidiera lo que quisiera, a lo cual la monja respondió que dotara a la comunidad del preciado líquido, ya que el agua que consumían “le faltaba limpieza, pureza y claridad”, en vista de lo cual el Marques se decidió levantar el acueducto que por más de doscientos años abasteció de agua a la ciudad. Esta leyenda es echada abajo por estudiosos del tema, que nos hacen saber que si el fin del Marqués hubiera sido dotar de agua únicamente a la comunidad de Capuchinas, no era necesaria la imponente obra hidráulica que construyó, ya que por el valle y rodeando al cerro del Sangremal, se podría conducir el agua desde la Cañada hasta el citado convento. Sin embargo, la munificencia del Marques era de llegar a dotar del preciado líquido no a su amado convento, sino a toda la ciudad, comenzando por el convento de la Santa Cruz, que localizándose en lo alto del Sangremal, requería de un imponente sistema hidráulico para abastecimiento, lo que origino la construcción del monumental acueducto, símbolo de nuestra ciudad[28].

También las crónicas nos hacen saber que entre los gruesos muros del vetusto convento de Capuchinas, oraba, ayunaba y se disciplinaba para alcanzar misericordia, la doncella protagonista de la leyenda La Gárgola del Suicida, narrada por el cronista de Querétaro, licenciado Guadalupe Ramírez Alvarez, quién nos comenta que a finales del siglo XVIII ocurrió la tragedia frente al convento de San Agustín, cuando un mozuelo mal correspondido en amores por su amada que vivía en la calle de San Agustín, perdió la vida al caer desde las alturas del templo, estando parado sobre la gárgola de la esquina sur oriente del edificio, a la cual había subido esperando ver una señal desde la ventana de la amada, la cual no recibió a tiempo, y estando humedecida la canal por las lluvias, cedió al peso del muchacho[29].

Durante la Prisión de Maximiliano se sucederían varias leyendas; aquí únicamente consignamos dos:

La primera sucede a causa de una imprudencia, ya que estando Maximiliano, Miramón y Mejía condenados a muerte, la princesa de Salm Salm, junto con otros personajes, logró sobornar a los Coroneles Palacios y Villanueva para permitir la fuga de los reos la noche del 13 al 14 de junio.

Don Carlos M. Rubio, implicado también en el plan, se comprometió a colocar un tiro de caballos en la esquina de las Calles de Santa Clara y Capuchinas para facilitar la huida, lo que finamente cumplió. Sin embargo, la imprudencia cometida por la Princesa horas antes al reclamar al Coronel Villanueva que le pedía otras pocas onzas para los centinelas que acababan de llegar para reforzar la guardia, -después de haber invertido ya dos libranzas de $ 100,000.00- pico el amor propio del Coronel Villanueva, dando por resultado que denunciaron al General Escobedo el intento de fuga, lo que provocó que la Princesa fuera desterrada y el cambio de guardia en el convento, impidiéndose la huida[30].

El segundo hecho acaecido a la sombra de los muros de este vetusto edificio, ocurrió pocos días después del fusilamiento en el Cerro de las Campanas, cuando se procedió a juzgar al resto de los generales imperialistas, según la Ley del 25 de Enero de 1862; entre estos se encontraba el General Severo del Castillo.

Cuenta la crónica que una noche, sentenciado ya a la pena capital, el General Castillo solicitó hablar con el oficial de guardia que lo era Carlos Fuero, a quien le descubrió la critica situación en que se encontraba en vísperas de ser fusilado, ya que un negocio de índole familiar de suma importancia para él le atormentaba, no permitiéndole conseguir la paz en esos momentos postreros de su vida. Su atrevimiento llego al grado de solicitar al oficial Fuero el permiso correspondiente para personalmente dar solución al problema familiar, comprometiéndose a regresar al alba para enfrentarse al pelotón de fusilamiento, dejando únicamente como garantía su palabra de militar.

Fuero, -enemigo político de Del Castillo-, dudando por un momento, finalmente accede al deseo del reo, sin ignorar el grave riesgo que en carne propia corría, ya que de no presentarse Del Castillo, él tendría que afrontar las consecuencias.

A las sombras de la noche don Severo abandona la prisión de Capuchinas, mientras Fuero comenzó a dar vueltas sobre el embanquetado de frente al cuartel. Finalmente, al despuntar el nuevo día el General Severo del Castillo se presenta ante el Oficial Carlos Fuero, quien dándole un fuerte abrazo lo condujo nuevamente a su celda para esperar la muerte. Bien sabido es que posteriormente la pena de muerte se cambió por la de extradición del país, por lo que el General del Castillo salió el 26 de octubre al destierro[31].

Por último, y a raíz de convertirse el convento en punto obligado de visita a Querétaro, comenzaron a surgir varias pintas en los muros de la celda del soñador intruso, dando lugar a una polémica graciosa. La crónica nos dice que:

Hacia 1871 llegó a Querétaro un viajero de nombre Francisco J. Delgado, probablemente zacatecano de origen.

Siguiendo la costumbre de moda visitó la celda de Maximiliano, y fanfarrón se anticipó al corrido queretano, suscribiendo: “El Cerro de las Campanas espera que venga otro ambicioso”.

Para mala suerte de don Francisco J. Delgado vino a Querétaro el 14 de octubre de 1871 don Jesús Díaz González, que sin duda conocía muy bien a Delgado y la muy segura cola que podía pisársele, así que ofendiendo a la poesía y a las reglas de la versificación escribió:

“El señor F. Delgado

que insulta al héroe finado,

es un ente desdichado;

Yo lo digo sin enfado

Que es un mísero bandido

del pueblo Zacatecano.

Pasaron los años y llegó 1874. Retornó Francisco J. Delgado a Querétaro y tornó a visitar la celda de Maximiliano.

Era el 1º de marzo de 1874 cuando lo hizo; leyendo las frases estampadas en los muros y en el libro de visitas paso largo rato.

Estaba contento, porque muchos con él coincidían, pero de pronto saltaron los versos de don Jesús Díaz González, los que leyó con estupor.

Pero no se inmutó, volvió a la serenidad, con flema inglesa más que con furor mexicano debió inclinarlo a tachar los versos, tomó su lápiz y escribió, sin siquiera mover alguno de sus musculos faciales.

Podría creerse que soltaría en improperios contra Díaz González, más no; solo lapidariamente escribió: “¡Todo es mentira!” y salió erguida la cabeza[32].
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[1]Para ampliar conceptos ver: Enciclopedias Monitor Salvat, tomo 3 y Espasa-Calpe tomo 11, palabra Capuchino.

[2]Enciclopedia de México, t. 7, p. 275 y Diccionario Porrúa, t. 1, p. 487.

[3]De la Masa, Francisco, Los Coros…, pp. 13 y 14.

[4]Ver Muriel, Josefina: Las Instituciones…, pp 148-153.

[5]Ver Boils Morales Guillermo, Arquitectura … pp. 53-61 e Historia del Arte Mexicano, t. 5, pp. 111.

[6]Tesoros de Querétaro, p. 114.

[7]Vega Martínez, Bronces…, p. 42.

[8]De la Masa, Francisco, Op cit, p. 15.

[9]Ayala Echávarri, Rafael, Bibliografía… pp. 170 y 190.

[10]Ibídem, pp. 31, 138, 248 y 276.

[11]Frías, Leyendas …I, pp. 394-397.

[12]Ibídem.

[13]Ibídem

[14]Ibídem.

[15]Para ampliar conceptos ver Moreno, Daniel, El Sitio …, pp. 112 y ss.

[16]Ver Lombardo de Miramón, Concepción, Memorias…, pp. 79 y 80.

[17]Ver El Sitio de Querétaro, Versión Periodística de “El Sol”, p. 208.

[18]Moreno, Daniel, Op cit, p. 129.

[19]Hans, Alberto, Querétaro, Memorias…, p. 197

[20]Ver Revista Querétaro, La Locura …, p. 51.

[21]Ver Ramírez Alvarez, José G., Querétaro, Visión…, p. 76.

[22]Septién y Septién, Manuel, Historia …, pp. 171 y 172.

[23]Ver El Heraldo de Navidad 1996, pp. 322-325.

[24]Frías, Epigrafía …, pp. 147 y 148.

[25]Anaya Larios, Rodolfo, Pintura Virreinal, artículo periodístico.

[26]Para ampliar información ver: Revista Universidad, p. 15 y Ramírez A. José G. Quéretaro Visión de mi Ciudad, p. 76.

[27]Vega Martínez, Op cit, p. 93.

[28]Ver Escobedo, José Manuel, El Agua y un amor profano, artículo publicado en Diario de Querétaro, por el año de 1986.

[29]Ver, Ramírez Alvarez, José Guadalupe, Leyendas …, pp. 8-11.

[30]Ver: Frías, Leyendas …IV, pp. 42-45.

[31]Ver: Frías, Valentín F., Leyendas… I, , pp 149 -152, y Leyendas IV, pp. 40 y 41.

[32]Ramírez Alvarez, José G. Anecdotario …, Primera Serie, pp. 1-3.