Apostolado

Apostolado

Pintura y dibujo de Rafael Rodríguez

Abierta hasta el 4 de diciembre

¿Está Rafa?

Luis Enrique Gutiérrez O.M.

Sobre la serie Apostolado de Rafael Rodríguez

Cuando yo vivía en Querétaro, en la casa de Pino Suárez, estaba jodido. Pero bien jodido. En mis peores momentos, cuando creía que me iba a morir y terminaría de alimento provisional de mis perros mientras alguien notaba mi ausencia, en esos momentos de estarme muriendo solo, ocasionalmente alguien tocaba a la puerta. Después de todo, no estoy solo, pensaba. Alguien se acordó de mí. Puro dedo. Era un borracho preguntando si ahí vivía Rafa Rodríguez. Siempre era un borracho, no el mismo, siempre preguntando por la casa de Rafa Rodríguez. Así, mientras yo, que soy un amor, me pudría de soledades, Rafa Rodríguez, que es un sociópata diagnosticado, incapaz de sentir compasión por quien sea, ejercía una intensa vida social.  “¿A qué hora pintará este hijo de la chingada?”, me preguntaba. Porque ya para entonces Rafa Rodríguez pintaba, pintaba mucho y lo hacía muy bien.

Debí haber advertido al borracho. Debí haberle musitado: “Rafa Rodríguez vive al lado, pero no vayas, no sea que le dé por pintarte un retrato. No sea que te haga un mugshot junto con otros once delincuentes”, porque Rafa Rodríguez no tiene amigos, de los pocos que en ese entonces le suponía, ahora aparecen varios aquí, en fila, como saliendo de la comandancia. Rafa dice que en esta serie de miniaturas buscaba las virtudes de los apóstoles y encontró el desencanto, yo digo que chocó contra algo más preciso: la jeta de “ya nos cargó la chingada”, la cara que haces cuando escuchas: “vámonos que ya nos vieron”. De los retratos de este “apostolado” solo Rafa y la nena del segundo cuadro, la única de la serie, no están en el absoluto frontal del mugshot, porque para Rafa Rodríguez casi todos somos delincuentes hasta que comprobemos lo contrario. A la manera de nuestros heroicos marinos, que últimamente invaden cualquier vivienda sin orden judicial de por medio, Rafa Rodríguez viola flagrantemente en cada cuadro la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Porque un marino, como quiera, se mete a tu casa, la deja patas para arriba y acaso se chingue un relojito o tu colección de playboys de los sesenta. Pero Rafa Rodríguez, con sus pincelitos de pelo de camello –o ve tú a saber qué extraño mamífero a medio extinguir–, se mete por los ojos de ciudadanos comunes corrientes, con un historial criminal más o menos limpio –salvo aquella peda de octubre de 1997–, y les roba el gran momento. No retrata aníbales y napoleones cruzando los Alpes, no retrata a un científico unitarista inglés mientras ve caer una manzana. Retrata a hombres comunes, insisto, que lo quieren, en el momento más jodido de su inmediatez, en el momento en que  no saben la respuesta, en el que no pueden correr; y el registro que hace de esta humanidad común, desprevenida y corriente, es brutal.

Abundo en lo brutal de Rafa Rodríguez. Salvador Elizondo, para escribir su Farabeuf toma como referencia la foto de una mujer sometida al tormento de las mil navajas –o alguna de esas linduras orientales–, la toma justo en el momento de morir. Lo que Rafa Rodríguez hace es mucho más terrible, mucho más brutal: registra al ser humano en el justo momento de estar vivo, sin saber lo que le espera. Eso es: el momento de “ser” y “no saber”.

De la obsesión de Rafa Rodríguez por el detalle, por la descontextualización, de esas ligeras deformaciones a las que somete la planitud del retrato, de eso no voy a hablar, porque resulta más que obvio.

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