Irrigación

Irrigación

de Teresa Margolles

XIV Aniversario del Museo de la Ciudad

Inauguración: LUNES 14 de Febrero, 20hs. Entrada libre, cupo limitado.

Permanencia hasta Abril.

Los restos de la vida humana son los materiales primordiales para los trabajos de Teresa Margolles. Dichos residuos son precisamente la entrega total de la cual consiste la violencia destructiva de sus obras. Éstas se sitúan exactamente entre el límite de lo que se puede representar y de lo que es el arte, es decir, que se encuentran justamente en el lugar donde la muerte –aparte de ser una representación simbólica- nos permite ver por última vez la ruptura de toda forma.

(…) La artista logra exceder, traspasar o cruzar los límites estéticos con unos métodos artísticos que hacen efecto en el silencio. Muchas veces sólo la fantasía o la imaginación del espectador permiten que lo inimaginable se convierta en un momento presente. Los trabajos de Teresa Margolles son tristes y seductores por su belleza. A pesar de su alta estética, en los momentos en que nos imponen casi por la fuerza un contacto físico con los muertos –sin nombre- se  escapan a cualquier intento de explicación racional

Klaus Görner

Bajo la apariencia del minimal-conceptual, Margolles efectuaba operaciones subrepticias  con lo material-cadavérico que implicaban exponer a su audiencia a todo lo que George Bataille articuló como un “materialismo bajo”: la cosa no clasificable ni controlable, “que no puede servir para imitar cualquier clase de autoridad”  y permanece “exterior y extraña” a las de idealización y consumo productivo. Pero esa infiltración sólo puede apreciarse en todo su radicalismo si se comprende que en sus obras contaminadas, Margolles invertía la relación contemplativa de la estética moderna. En lugar de la observación neutra y desinteresada de “lo bello”, Margolles exponía los afectos y el cuerpo del espectador a obras-sustancia que profanaban la distancia de la apreciación estética para amenazar con infundirse en la carne, respiración y el torrente sanguíneo de su receptor.

Esa invasión, propulsada por las comisiones e invitaciones del circuito cultural mundial, tendía a generar una analogía abyecta del proceso de mundialización. El desplazamiento fuera de la morgue-estudio de Margolles remedaba, sin proponérselo o especificarlo, el efecto insidioso, invisible  disolvente del capitalismo global, como abolición de fronteras y la transposición constante de identidades. En efecto, desde operaciones que exploraban frecuentemente un vacío legal, Margolles emulaba una desregulación del intercambio entre los muertos y todo aquello que destinamos a ser (ex)puesto. No es un mérito menor de toda esa operación, que lo que culturalmente es de inmediato vomitado, entrara en el torrente de circulación de la cultura.

(…) Las experiencias que Margolles fabula e instrumenta, no pueden ser abordadas sin angustia.  Si algo tienen de hechicería, en el nivel de su cocina material, es su habilidad de concitar toda clase de terrores no especificados. La intervención de Margolles pone a sus espectadores en una casa poblada de fantasmas. Es un espacio que, como Freud señaló para referir a lo ominoso –unheimlich– es a la vez familiar y lejano, entrañable y desconocido, velado y obsceno. (…) El horror de experimentar la historia como una compulsión a los desastres, es que ya no habrá “otra cosa de qué hablar”: la próxima matazón, la futura revolución fallida, la cíclica hecatombe económica, la renovada desilusión democrática, el siguiente cataclismo natural, o la pandemia en ciernes. Así como la masacre interminable de las batallas del narcotráfico tuvo por efecto acallar el clamor por los cientos de mujeres asesinadas en lugares como ciudad Juárez, la única manera de romper el hechizo de las decapitaciones en el norte de México fue el modo en que la ciudad de México se convirtió, en abril y mayo de 2009, en el foco de irradiación de la nueva oleada de influenza global.”

Cuauhtémoc Medina 

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